La destrucción en Lima


(Sobre “La margen habitada. Arquitectura testimonial. Márgenes del Río Rímac 2013-2016”, de Analucía Riveros Caytuiro)

En la Lima que emerge tras el sismo refundacional de 1940, todo ha sido ocupar y edificar. Construir. Tras décadas de práctica, se volvió una fuerza inercial. Construir se asoció a progresar. Se volvió una identidad ciudadana. Un propósito familiar. Un objeto de estudio. Un modelo de desarrollo. Un motivo de agitación. Una promesa política. La sólida base material de todos los populismos. La pista, la vereda, la losa deportiva, la escuela y la posta médica, el segundo piso y la escalera exterior en la ciudad de fines del siglo xx; la escalera vecinal y el muro de contención en la de inicios del siglo xxi. Hubo y hay gran Interés por la Construcción. Por cuánto cemento se vende cada año y por cuántos puestos de trabajo puede pagar una obra. Decir boom de la construcción tiene algo de entusiasta, aunque se dijera para criticar sus excesos o carencias.

La Destrucción, por el contrario, no tiene ni puede tener esa clase de atractivo. Naturalmente, hay algo de indecente en ella. La guerra, además, aportó con contundencia a su desprestigio. No pocas comisarías, un par de edificios de vivienda, alguna estación de televisión, entre otras edificaciones reducidas a punta de anfo reforzaron su mala imagen. En tiempos más recientes, en una ciudad en la que el movimiento de expansión se ralentiza y el de relleno se acelera, el protagonismo de la Destrucción siempre se mueve en las coordenadas del malestar, incluso cuando queda claro que su presencia es necesaria justamente para abrir paso a la venerada Construcción. Nuevos edificios y más altura o nuevas vías y más conexiones o nuevos espacios y más renta demandan demoliciones, despejes, desalojos y otras movidas destructoras, que deciden la suerte no solo de casonas, caserones, callejones, callejuelas y edificios, sino eventualmente también de huacas, canchas, parques y en realidad de cualquier edificación que obstruya la rentabilidad, la circulación, la fluidez, el consumo.

Así, tenemos ante nosotros dos grandes fuerzas transformando no solo el paisaje, sino la forma de vida, la experiencia humana, la economía de la ciudad y la vocación y escala de sus espacios. De la primera reconocemos a sus actores, a sus defensores, a sus estudiosos y hasta a sus demagogos. De la segunda es poco lo que nos hemos esforzado por conocer, así que estamos dejando de lado preguntas importantes: ¿por qué se destruye?, ¿cuándo vale la pena destruir?, ¿quién decide cuándo y qué se destruye?, ¿quién destruye?, ¿por qué se destruye una vivienda y se conserva otra?,¿por qué se destruye este barrio y no aquel?. En La margen habitada, Analucía Riveros formula con imágenes estas y otras preguntas parecidas, todas ellas relevantes para cualquier toma de posición respecto a la estructura de poder que define la ciudad que habitamos.

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