AUB- Jerónimo Pimentel

Sueño de Pez o Neblina
(texto leído en la presentación del libro 12/10/10)
Por Jerónimo Pimentel

La responsabilidad del poeta es hacer literatura con lo que lo rodea. De eso trataba la máxima de Tolstoi, “habla de tu pueblo y hablarás del mundo”, y la máxima horazeriana, “nos ha sido legado un desastre para poetizarlo”.  Teresa Cabrera cumple, sin proponérselo, ambos dictados.

Una voz sin género –renuncia que el lector agradece- se enfrenta a un punto geográfico, a una topografía, digamos, circundada por demasiados infinitos: el de arena, que es el desierto; el de agua, que es el océano; y el de aire, que es el famoso no-cielo limeño. El resultado, sin embargo, no da para lirismos. Un poeta puro habría cometido la perniciosa abstracción de retirar imaginariamente la basura que malogra este hipotético paisaje idílico. Pero en Lima no hay lugar para Turners. Lo impide ese trozo de cartón que estropea 10 hectáreas de límpida arena; el mar “encrostado en el remate romo de las rejas”, como dice la poeta; y las “sucias palomas” que deprimen el horizonte de la capital como manchas en un techo de lona. Los sustantivos de Teresa Cabrera develan esta fijación capitalina: quincha, chapas, cascaritas, pepas de mango, ácaros, polillas, piedras, gallinazos, yute y hollín. ¿Alguien podría dudar de qué ciudad está hablando? ¿Y no es cierto que el mayor reto literario consiste en buscar belleza en las formas de la precariedad?

Ocurre con ‘Sueño de Paz o Neblina’ lo que contaba David Foster Wallace al inicio de un discurso. Su historia era la siguiente: “Hay dos jóvenes peces nadando juntos que se cruzan con un pescado más viejo, que los saluda y dice: ‘Buenos días chicos, ¿cómo está el agua hoy?’. Los dos peces pequeños continúan su rumbo y, después de un rato, uno le pregunta a otro: ‘¿qué carajo es el agua?’”. En la explicación del narrador norteamericano: “las realidades más obvias, ubicuas e importantes son las más difíciles de ver”. Yo agregaría, y de poetizar. Pero resulta que este poemario posee tal ambición. La narrativa que está detrás de los poemas -que a mí me ha provocado ver como las estaciones de un recorrido-, es una inmersión a esa cotidianeidad de la que consciente o inconscientemente escapamos, ya sea nuestra vida la que está en estos versos o la de nuestro vecino o la de un “peruanito cualquiera”, por citar de nuevo a Teresa.

La metáfora, por cierto, es completa. El sueño de pez refiere al flujo de los versos, imágenes oníricas pero turbias, concatenadas en devenir. El ojo de pez que “repta submarino” sugiere al lente angular que, en su capacidad abarcadora, coquetea peligrosamente entre la estética y la distorsión. Pero, ¿de qué otra forma ve un poeta? Finalmente la neblina, cuya función en alma de los limeños ya obsesionaba a Hipólito Unanue, no es otra cosa que el agua, el entorno que nos sostiene pero que en la analogía propuesta por Foster Wallace no vemos. Lima abisal, entonces. E infinita.

Para mayor mérito la opera prima de Teresa Cabrera cuenta con valores adicionales. Capturar esa vida asmática, branquial de la ciudad. Recrear esas letanías diarias, en el fondo tan religiosas, donde el pan siempre es duro y los platos brillan por vacíos. Esos paréntesis yermos entre Chorrillos y San Juan a los que alude la autora, que cobija tanta potencia en su desolación, parajes donde por fin la costa muestra su verdadero carácter: el litoral no es una región autónoma, como decía Matos Mar, sino solo la falda de los Andes. Y también sus personajes, apenas bosquejados en un acceso de tos o una espalda doblada, a los que la voz se permite retratar con ironía cuando los invaden los sueños de prosperidad del Perú optimista, o más compasivamente, cuando una mirada los sigue en sus cuidadas rutinas por el mercado.

Con todo esto quiero decir que Teresa Cabrera ha escrito un poemario sugestivo, propio y a la vez nuestro. Hagamos ahora nuestra parte y leámoslo.

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