El Hablador

José Carlos Picón
Publicado originalmente en: Revista El Hablador
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Existe dentro de la poesía escrita por mujeres una consolidada tradición que tiene en la poética del cuerpo, la fenomenología de los deseos, el testimonio explícito, la imagen cruda de atmósfera corporal, un recinto que en algún momento pareció gastarse. 

Sin embargo, las poetas, al menos las de la última década, también exploran –o vuelven a hacerlo- otras dimensiones de la realidad o, mejor, otras realidades. Si bien varios de los signos sugeridos por voces como las de Magda Portal, Julia Ferrer, Blanca Varela, Cecilia Bustamante, Carmen Luz Bejarano,  Ana María Gazzolo o Rossella di Paolo pertenecen a etapas distintas, dan cuenta también de las posibilidades de la sensibilidad femenina como una entidad no exclusiva solo de la fenomenología corporal y el paso del tiempo sino variante en el plano de la construcción textual como plataforma de performances de distinto origen. Una prolongada inmersión en la intimidad.  

En Sueño de pez o neblina, Teresa Cabrera apuntala esta percepción en el sentido que escapa de los referentes que podríamos intuir más cercanos al experimentalismo de Carmen Ollé o el testimonialismo de Rocío Silva-Santisteban. En tres movimientos –“cuál ciudad”, “cualquier peruanito” y “las señales”— refiere en composiciones de diverso tono y registro las latencias y pulsiones de la periferia citadina desde un yo particular. Tal vez en un compromiso emparentado a la escritura de la noventera Roxana Crisólogo, Cabrera se acerca a una representación poético-documental de la cotidianeidad a través del lente de un observador preocupado por el detalle de las piezas y de ciertas texturas para acercarse a lo representado.

Desde que leemos los epígrafes que en el libro dan la bienvenida al lector –uno del desaparecido poeta Cesáreo Martínez, el otro del narrador Oswaldo Reynoso— puede sentirse aquella configuración climático-espacial que nos desplaza casi de inmediato a través de la dramática entidad alegórica del invierno, la neblina, la fetidez del litoral cuando “el mar se enferma”. Puede rastrearse, asimismo, la correspondencia con determinada percepción histórica instalada en el grueso de la obra de los escritores mencionados: un realismo social sublimado en dos estilos de hacer poesía: el uno mediante el verso comprometido, el otro a través de una nueva narrativa construida en los años 50.

Teresa Cabrera no ofrece escenas de luz ni tampoco una solución a determinado estado de cosas. La poesía no tiene tiempo para ello. Tampoco es denuncia. La poesía palpita en cada encuadre por más cerrado que sea, en cada palabra, en cada objeto, en cada aposento que congregue mugre, sanguaza y podredumbre. En ese sentido, la poeta construye acontecimientos de ritmos múltiples con personajes a veces reconocibles; otras, desde una toma subjetiva –para usar una jerga audiovisual— que registra en silencio las atmósferas que acompañan el transcurrir de vidas periféricas, ritos o ceremonias llevados a cabo por los “peruanos emergentes” en una, de por sí, Lima hostil.

mi nombre dibujé con tiza / con un pedazo de carbón sobre la piedra / sobre la losa deportiva mi nombre / que vino en cucharadas de té / esperpentos de hierba / que mi madre inhalaba con la toalla percudida / en la cabeza y el mentol chino / picando las espuelas /en sus sienes mi nombre / nunca tallado en el árbol enlazado al de la doncella
(bautismo)

en mañanas muy parecidas a esta / los hombres justos reciben instrucciones / y anotan medidas / cosas fascinantes ocurren en mañanas como esta / arden las zarzas / voces se desprenden de los truenos / mana agua de las piedras y aquí / a duras penas / musgo tiñe la resbalosa cabeza de caño / las tablas de la ley / propiedad de la beneficencia pública de lima / cuál es el contenido manifiesto del sueño 
(el peldaño la baldosa)

La poeta opta por una estética que tiene en el collage sus más logrados momentos; en la enumeración neurótica pero contenida, así como la naturaleza muerta, el ritmo por ratos fracturado, la fragmentación, un modus operandi dentro de la composición textual, que es lo mejor del  libro. Es, de lejos, el mencionado, el espacio creativo en el que Cabrera se muestra más cómoda, en el que demuestra más solidez en el trabajo poético:

saltan cables alto muro alta reja la avenida del ejército / exhalación de los ataviados con batas buzos costalillos / hombres mujeres peinados despeinados medicados / mustios jardines peceras
(mustios jardines peceras)

Asimismo, hay en este trabajo una notable sensibilidad para implementar escenarios y descripciones que sugieren el universo vital en barrios urbano-marginales, asentamientos humanos, mercados populares, avenidas ajetreadas por el caos de la informalidad. En ese sentido, la poeta potencializa su habilidad para construir versos que no solo refieren las características formales de estos espacios geográficos –que por momentos llegan a ser emocionales— sino lo que en ellos acontece, y, desde el acontecimiento, lo que en ellos se siente.

yaces sobre un resto de quincha / como un príncipe desgarbado / desnucado / y el ojo del pez te recorre / buscándote sorprendido / entre el desconocido laberinto y la sanguaza
(…)
la mota de polvo sobre los muebles / y tableros / ha aguardado todo el día para iniciar su procesión / y ahora, mientras duermes / baja hasta el parqué a revolcarse en silencio
(cuál ciudad)

De esa manera, opera en sus composiciones una estética de la pobreza –metodológicamente distinta a lo que en cine llevó a cabo con el mismo nombre el brasileño Glauber Rocha— para contextualizar sentimientos y/o estados como el dolor, la soledad, la desolación, la desesperanza, la miseria, el devenir. El resultado muchas veces es una trama de imágenes sugerentes y de viva fuerza poética que conviven con la insinuación de momentos íntimos ligados a situaciones reales y cotidianas de personajes que padecen el día a día bajo la premisa de la sobrevivencia.

se levantan todas las mañanas / para construirle este edificio / y ponen la radio escupen sudan gritan / ella los observa / y decide llevarlos a su sueño / para que sean limpios amables discretos / y aprieten botones en un tablero / limpien los pisos y noche con paños / día y noche para que la defiendan / de la arena debajo de la puerta se deshagan / de la ruma de ladrillos que la espera / para que la defiendan de las galoneras / que las vecinas recortan y rellenan con flores
(edificios)

¿Y el pez? Por ratos configura la idea de constituir alegóricamente al pensamiento. Parece ser transformado –el pez— en una caracterización del “otro yo”, un elemento que se desplaza junto a lo descrito o a través de lo descrito, y que a su vez funciona como una especie de identidad marginalizada, en constante conflicto, sin continente conocido. Es la figura del pez también una correspondencia con un enclave referencial de la ciudad de Lima: el Lomo de Corvina, zona conocida del distrito de Villa El Salvador, caracterizada por una loma con forma de la especie que le da nombre.

terribles peligros amenazan al pez de tu pensamiento / ratas de tizne lo miran desde la claraboya / a tiro de piedra / en la cúpula del templo / las más sucias palomas aguardan su salto / el olor seco y dulce de la pasta / circunda sus branquias azules, / perfectas
(el mayoral)

Por otro lado, en poemas como “cementerio de nueva esperanza” o “mañanita de san juan”, hay un giro hacia un espíritu narrativo que constituye, a nuestro parecer, una de las debilidades de la autora. Es innegable la emotividad de estas piezas; no obstante, nos parecen, en tanto construcciones orgánicas, inferiores, por ejemplo, a “mustios jardines peceras” o “algún celaje” del conjunto “las señales”.

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