lima ES el jirón de la unión

por más de una razón y más de una vez, el jirón de la unión se empleó como una imagen-síntesis del país. desde la trajinada y apócrifa afirmación del iqueño poeta dandy valdelomar, hasta la chapa que los sanmarquinos dieron a uno de los más transitados corredores de su campus (con su contundente abreviatura: “jirón”). antes de que hacia norte, sur, este, centro y dentro de nuestra ciudad capital se multiplicaran los bulevares, antes de los plazas, los megas, los jockeys, el jirón de la unión ofrecía en su diminuta escala y para su tiempo, el espectáculo de la confrontación. una lima corroída, afectadita y tributaria del espejismo de una edad dizque idílica (algo así decía salazar bondy), apresada, lamida y tarrajeada por la entonces “otra” lima que se le colaba de puro directa, bailándole entre las piernas, haciendola trastabillar, resistir en equilibrio con un mohín de señora descolocada, a la que de pronto se le viera el fustán, una que se le trepaba desde el primer piso de las casas y edificios, como enredadera, y se deslizaba fascinerosa, conchuda y empresarial, ocupando la calle toda, en ese pasadizo de épocas amalgamadas, inacabadas, de edificaciones nunca tocadas por la mano demasiado indulgente de nuestro peruanísimo sueño de modernidad capitalista. ese que en toda la ciudad no tuvo sino hasta tiempos muy recientes, ni pizca de la destrucción creadora que alucinaba mi tío chumpi, tan sólo limeñísimo apolillamiento, descascare y posterior renovación vía neón, parlante, jalador y claro, esos afiches que con candor y ciencia coleccionan los amigos antropólogos de la universidad católica.


el jirón de la unión, en una ciudad inmensa, pero de memorias cortas, mezquinas, sigue siendo un tiempo particular, un recorrido, un repaso. en sus años bizarros se intercalaban los tiempos de la tendida y recogida de plásticos azules sobre los que yacían en simétrica disposición casacas, gorras, camisetas, zapatillas, juguetes de cuerda, de pila, de control remoto, peines, artilugios para el masaje, casetes cuadritos pulseras que desaparecían en un enorme bulto cuando el o la vendedora tiraba de la soguilla que anudaba las cuatro puntas del plástico con que marcaba su posesión en la loseta de aquel inmenso bazar-suelo. el tiempo mágico del vendedor por demostraciones, que mareaba con su destreza en pantógrafo y en los juegos de escuadras y reglas con ruedas dentadas para deleite de los escolares y engreídos de la casa. el tiempo aún más mágico del suertero, del que te decía adivina dónde está la carta, dónde la bolita. el doble tiempo del estafador, donde la mano (en el bolsillo) es en efecto más rápida que el ojo. el tiempo olímpico del ejercitado carterista. el del cómico de la calle y sus manidas y efectivas dramatizaciones de temas de los hermanos pimpinela (olvida que existo, que me conociste y pega la vuelta!). el del sibilino llamado de la señora con la estampita, el alfiler y la colaboración voluntaria. el obnubilado tiempo del terokalero, el del sueño de los huidos del comain; el detenido tiempo del eventual loco calato, el de la chica de uniforme plomo rata y lazo blanco con el pregón nocturno chocolatebesodemoza. detrás del sonido de los altoparlantes hechizos con los restos del teléfono rin, boqueaban las tiendas de discos, la peleaban las de ternos, la recontrahacían las de revelados fotográficos, se consumían en la oscuridad modosas galerías, apestaban fruncidas salas de cine, perfumaban el aire las viejas farmacias… y todas las demás afirmaciones tipo crónica-urbana-qué-verde-era-mi-valle y estampita-de-folklore-urbano y soy-un-blogger-limeñazo-y-callejero.

hoy, aún con su remoce y sus firmas comerciales transnacionales y aspiracionales, sudorosas, por un extremo se declara la calle de las pizzas al paso, por el otro, reina de la madrugada desde las alturas del yacana. alquila celulares encadenados a la faja de una doña caderona, golpea insistentemente con una moneda, hipnotiza a los paseantes con sus pantallas LCD, ofrece tatuajes y piercing sin dolor ni complejos, flequillos para los emo, pulseras para los punks. brinda conexión en cabinas para todos los gustos y encuentros, vende peluches, rostiza pollos mientras recibe en la puerta cilindros con papa ya picadita lista para freir, baila entre dunlopillos y a todo volumen amulando a pío chiken -héroe y némesis de la ex clase obrera- anuncia cartelera variada y película de patada voladora y basuca, distrayendo a desanimados, más que serenos, jóvenes serenazgos con animados perros con bozal y capa con el escudo y los gallinazos de la ciudad.

el jirón de la unión, aún en una ciudad desmesurada, desparramada, infinita, sigue siendo una imagen primordial. un prototipo de la convivencia, de la mezcolanza, y también del desmedro, de la usura espacial, de lo precario-nuevo sobre lo luctuoso-viejo. ese viejo problema del perú. el post iba a ser a sólo a propósito de la foto, justo pensando en aquello de “una imagen primordial”. lo cierto es que ese jirón de la foto, a estas alturas, es también cruda sintésis de la ciudad de estos tiempos, también en particular de lima. dice tanto del miedo, la inseguridad, la solución defensiva, como de la marca de estatus, la nueva fisonomía de la identidad barrial y la demarcación, echa el cuento de la reproducción de la comunidad de puerta cerrada, del acceso controlado, de los condominios horizontales… también la reapropiación, la frescura, el humor, porque si, cuando pase por esa avenida de san juan de lurigancho no me metí todo este florazo, me dije jua, mirestospendejos! ¿no habría que tomarle su foto?

aquí, la nota de el comercio que hace unos días me recordó que debía escribir este post.

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4 comentarios en “lima ES el jirón de la unión

  1. Sí, un poco de caos, pero el jirón está como lo recuerdo (más o menos), diría que ha seguido una evolución que se veía venir. Y que es todo lo que dices en tu post, pero también es un lugar de afectos y recuerdos cálidos, no tan desordenado, no tanto.

    De niño mi madre nos llevaba a caminar por el jirón y su feria, sin comprar porque no había plata. Y si la había pasaban estas cosas: una película en el Bijou o en el Plaza (Karate Kid, Campo Espacial, cosas así), o pollo broaster en alguna de las tienditas que por entonces lo vendían pues era un boom (nada de pollo a la brasa, eso fue después, nada de KFC).

    Y la iglesia La Merced, que sigue allí, siglos ah, más llena, igual de bella, con las velas y las estampitas que venden a la fuerza en las puertas, con su retablo impresionante, y su choros dando vueltas.

    Y los vendedores de cachorros, que siempre mirábamos y que todos sabían que tenían pegadas las orejas con chicle para que parecieran perritos de raza. Y que nos ponían tristes porque los metían y sacaban de maletines y bolsas.

    Pero lo más bacán era el jirón en navidad, engalanado de suelo a cielos con colores y brillos que no costaban nada. Sólo había que caminar evitando pisar el negocio de alguien. Y mirar las girnaldas grandotas, rojas y azules y doradas de la mano de mi familia, una más de miles que hacía sus fiestas caminando por Lima.

    Muy bueno tu artículo. Qué chevere la foto.

  2. mi papá nos llevaba a mi y a mis dos hermanas, que íbamos repasando los escudos de los departamentos del perú, que estaban en una mayólica en el respaldo de las bancas-macetero que hoy ya no existen…. ¿te acuerdas?

  3. El primer recuerdo que tengo del Jirón de la Unión es el del legendario diario “La Prensa” (frente al Aeroclub Collique), ahí trabajaba mi viejo y ahí íbamos religiosamente un par de veces a la semana a la cafetería a tragar nuestro respectivo bisteck a lo pobre. También íbamos al dentiste del diario (si, en esas épocas las empresas le daban hasta sasistencia dental a los trabajadores y su prole). Y hablo todo esto de la época en que en el Jirón aún circulaban los carros.

    Recuerdo cuando empezaron a hacerlo paso peatonal, las grandes tablas para poder entrar (sin caer en un hueco)a las tiendas de la época, tipo Tía, Monterrey, Oeschle (que acaba de reabrir en Huancayo).

    Como diría mi tío Rossini: los años verdes!

  4. Me acuerdo de las bancas, sí. Y que fue mi madre la que me dio el consejo perturbador: cuidado al sentarte allí, porque roban. Pero otros días venía la contradicción: espérame sentadito aquí, no me demoro…

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